Cuando nací, mi madre, Ashley Green, tenía tan sólo diecisiete años. No quería darme en adopción, aunque todo el mundo la presionaba para que lo hiciera, así que decidió marcharse del pequeño pueblo en el que vivía y se mudó a la ciudad para poder criarme sola. Supongo que de las dos ella se quedó con todo el valor. Yo nunca habría sido capaz de escaparme de casa para cuidar a un ser que solamente iba a destrozar mi vida; para sacrificar mi felicidad, mi vida, por la suya. Pasé tres años sin nombre. Mi madre me llamaba Pequeñita, y si le preguntaban por mi nombre decía que era Anna, como su madre. Cuando cumplió veinte años conoció a Jack **, con el que empezó a salir casi inmediatamente. Estaban locamente enamorados, y se casaron justo el día en que hacía un año que se conocían. Él fue quien decidió ponerme el nombre de Anna Molly.
-Para que recuerdes a tu madre -le dijo a Ashley.
Después me crié de forma bastante normal. Jack tenía cinco años más que mi madre y, después de terminar su carrera, se puso a trabajar en un centro comercial cercano. Me llevaron a un buen colegio, recibí una buena educación, y me puse a estudiar una buena carrera. Mi madre tenía miedo de que acabara como ella, y se preocupó mucho de que yo consiguiera buenas calificaciones tanto en el colegio como en el instituto.
Todos se ocuparon de mí desde el mismo instante en que mi cuerpo rozó el aire de este mundo. Todo el mundo se preocupaba por mi estado de ánimo, por mis ganas de estudiar, por mi salud. Pero nadie quiso saber qué era lo que yo quería hacer con mi vida, o cuáles eran mis sueños. Y supongo que yo nunca me acordé de ellos, o simplemente nunca llegué a tenerlos, al menos de forma consciente. No sé. La vida transcurría de una forma demasiado poco violenta, como casi todas las vidas. Y en el fondo aquella vida me aburría, me parecía un terrible tedio, necesitaba escapar de ella a toda costa.
Mi vida nunca había sido interesante, ni digna de contar. Y lo cierto es que me odiaba: odiaba mi forma de pensar, el modo en que siempre hacía lo correcto, mi manera de ver las cosas, de preocuparme por todo, de estar siempre sonriendo. Quizá, si hubiera perdido aquel tren, mi vida nunca habría cambiado. O si nadie hubiera decidido quitarme el sitio, o si yo hubiera estado de mejor humor aquel día y no hubiera abierto el pico. Pero mi vida cambió desde el mismo instante en que vi la cara de aquel tipo donde no debía.
De la semana que siguió a mi segundo asalto con Noa no recuerdo gran cosa. Falté mucho a clase. Muchísimo. Además llovió, y aquello me encantaba. Tomé mucho café y fumé más todavía, me pasaba la vida en la calle, escuchaba demasiada música. Dejé de atender las llamadas de Jack y de mi madre, y aquello conllevó que ella se presentara un buen día en mi casa y me abroncara sobre mi nuevo modo de vida. Una hora después se marchó por donde había venido, bastante más relajada.
No sé cómo, un día, justo al amanecer, me desperté y me vestí. Me puse una chaqueta que hacía tres años que no tocaba, bastante vieja y usada, y salí a la calle. Y mis pasos se dirigieron ellos solos hacia la estación de trenes. No sé por qué lo hice, porque ni siquiera recuerdo haber planeado tal cosa. Simplemente dejé que mis pies me llevaran allí a donde quisiera que iban, casi se podría decir que estaba dormida. Cuando me quise dar cuenta estaba en el andén, con un billete en el bolsillo, esperando al primer tren. Y entonces lo vi, o mejor dicho, lo sentí. No pude verlo, pues estaba de espaldas, pero durante una fracción de segundo el corazón dejó de bombear sangre y pude notar claramente la presencia de alguien, justo detrás de mí. Después escuché un sonido extraño, anónimo, pero conocido, muy familiar.
-Ya era hora, ¿sabes?
Me volví. Allí estaba.
Dios mío, cuánto deseaba ver a Noa. Y supongo que no pude siquiera contenerme, o sencillamente no quise. Antes de que terminara la frase estábamos ya contra la fachada de la estación, besándonos. Jamás había sentido una necesidad así de besar a alguien, o simplemente de verle, de escuchar su voz. Nunca había hecho nada así, y de hecho, dudaba que aquello estuviera pasando realmente.
Nos mantuvimos así durante un par de minutos. Luego él se apartó ligeramente y señaló la puerta de la estación.
-¿Vamos a desayunar?
La cafetería de la estación estaba casi vacía por completo, a excepción de los trabajadores de turno, un par de camareros y una anciana que pasaba en los andenes la mayor parte del tiempo. Noa me pidió que me sentara y dijo que él iría a pedir el desayuno a la barra, así que elegí una de las mesas más cercana a la cristalera desde la cual se podían ver las salidas de los trenes y me quedé allí, esperando.
Al cabo de unos segundos escuché la voz de Noa, tan nítida que hacía daño. Había deseado escuchar aquella voz durante tanto tiempo que ahora me parecía imposible. Incluso me volví para poder contemplarle. En ese mismo instante, Noa se dio la vuelta ligeramente, de modo que podíamos mantener contacto visual sin problemas, y me guiñó un ojo. Sonreí. No se podía ser más maravilloso. Después, uno de los camareros puso sobre la barra un par de cafés. Noa sacó la cartera y pagó el desayuno. Luego, cogió un café con cada mano y volvió a la mesa, a mi lado. Dejó los cafés y acercó una silla a la mía, de modo que estaba totalmente pegado a mí.
-¿Sabes? Pensé que no iba a volver a verte en mucho tiempo -dijo, sonriente, mientras apartaba un mechón de pelo de mi cara y lo colocaba tras mi oreja.
-Yo llegué a pensar que nunca más volvería a verte -respondí.
-No debiste pensar eso. Si hubiera pasado un día más y tú no hubieras aparecido, te habría buscado hasta encontrarte -volví mi cara hacia la suya -. Y Dios sabe que te hubiera encontrado, sí o sí.
Me besó. Luego se apartó ligeramente y volvió a besarme.
-No puedo creerlo.
Reí. Arqueó una ceja.
-¿No puedes creer que hubiera salido a buscarte?
Negué con la cabeza.
-Arpía... -soltó una carcajada y volvimos a besarnos.
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